(a Elisa Cayul, desaparecida en noviembre de 1977)
Los
relojes parecen derretirse lentamente, quedar estirados, rompiendo la simetría
circular que los contiene. Porque los cipreses pueden llegar a vivir mil años.
Dalí tenía, en su locura, algo de razón, pienso, mientras miro un árbol que
podría tener más de mil años. Y si fuera menos, da igual. Veo unas marcas
antiguas, unos palos secos, rastros evidentes de un viejo incendio. En toda la
zona se notan, si se sabe mirar, los árboles fantasmas. Los tocones,
al ras del suelo, deformados por el fuego. No fueron talados, las líneas que
los definen justamente llevan la indefinición de un fuego voraz. Si uno observa
un poco mejor, caminando entre los arbustos, los yuyos, nota el posible
recorrido de ese fuego pasado. Desde arriba, como hacía Dalí fingiendo ser
dios, podría uno ver esa mancha que se va borrando lentamente. Un fuego
antiguo, que no puede dejar de arder para quien puede leer el fuego. Es que el
fuego está ahí, sigue vivo luego de haberse apagado. Ese fuego puede tener
cincuenta, cien, o mil años. El árbol que estoy mirando, el árbol que puede
tener mil años, es un sobreviviente de ese fuego, según deja ver sus claras
ramas redondeadas, secas, y aun tiznadas. En sus deformidades se lo puede ver:
ramas bajas que parecen salir disparadas sin la lógica general que le da forma
a su copa.
Los
relojes deformados de Dalí, sí. Es que el tiempo es una ilusión. Miro ese árbol
y pienso que alguien durmió una siesta a su sombra. Veo los arbustos, el
llantén, los manzanos, las lauras que crecieron y murieron a su alrededor, y
ahora están volviendo a crecer, porque esa ilusión parece ser circular. Pasa
una vaca pastoreando sus alrededores, veo pájaros ya muertos en sus ramas. Veo
al árbol crecer, lenta pero inexorablemente. Sus ramas van estirándose contra
el viento, tratando de mirar el sol, y su tronco se va hinchando, engorda desde
abajo, busca hacia arriba su destino de leña. Bajo su sombra, Elisa Elvira Cayul
pudo haber pasado hace muchos años. Ella también dejó esa marca que solo yo
puedo ver en el árbol. Porque el tiempo es una ilusión, los relojes se ablandan
y el pasado se hace presente de una manera insoportable. Cómo va a tener mil
años un árbol. Cómo va a mostrarme, en las arrugas de su corteza, en los
anillos interiores que lo conforman, todos los inviernos, todas las primaveras
que vio. El tiempo es un árbol que tiene mil años, donde Elisa Elvira Cayul
pasó alguna vez a sentir su sombra. El tiempo se detiene ahí para volverse
ahora, para ser hoy. La memoria rompe la ilusión de que el tiempo se va. Ella
pasó por acá y caminó hasta el arroyo, mojó sus pies cansados ahí, miró los
cerros, la nieve ahí arriba, el zorro que andaba buscando qué comer. Ella se
detuvo a mirar los coihues, que también son como los relojes blandos de Dalí, y
pensó que el mundo debería ser un lugar mejor. Vio al Martín pescador pasando
rasante sobre el agua. Ella es una idea, de la que formamos parte prácticamente
todos. Somos una idea habitando el tiempo. El tiempo no se detiene: se pliega.
Es un presente eterno. No hay pasado: el pasado es hoy, mientras Elisa va hasta
la ruta para que alguien la lleve al pueblo, el pasado es hoy, que estoy
mirando el árbol y escribiendo esto. El viaje hasta Trelew con José, el amor,
los hijos, la ciudad de La Plata. Las discusiones, los cigarrillos, los sueños
en mapuzungún, la Patria Liberada. El tiempo no pasó, nunca pasa, sólo es el
árbol, que se ablanda, como los relojes de Dalí, mientras Elisa ve, con
dificultad, el Río de la Plata, desde el
avión donde volará por primera y última vez, y a pesar de todo, piensa que es
hermoso, que es eterno, mientras recuerda los cipreses, la sombra, el zorrito, sus
hijos, el agua helada bajando por las piedras, el sol, este sol de ahora mismo,
recuerda, sueña, soñamos, el tiempo, la mancha que dejó el fuego en los tocones
muertos, el árbol que se convierte en leña que se convierte en árbol.
Cualquier destino, por largo y complicado que sea,
consta en realidad de un solo momento: el momento en
que el hombre sabe para siempre quien es.
Jorge Luis Borges, Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)
1
Hace
algunos años tuve la oportunidad de generar un encuentro para charlar
sobre la vida y obra de Rodolfo Walsh. En líneas generales pensé en
repasar su trayectoria, la importancia de sus publicaciones y los
momentos destacables de su vida. Como metodología, utilicé algunas notas
que fui tomando a medida que leía o releía sus textos. Estas me
sirvieron como disparadores: tendían a generar preguntas, a ampliar los
temas posibles; en definitiva, a enriquecer la exposición. Más tarde me
di cuenta que, en general, estas notas tenían características poéticas:
aparecen en el texto de manera potente, luminosa, y sus posibilidades de
desplazamiento en busca de otros sentidos me resultaron notables.
Por ejemplo, en Operación Masacre1,
sabemos con una exactitud asombrosa que, a las 22.31 del 9 de junio de
1956, en Radio Nacional, estaba sonando Bach; que a las 22.59 Maurice
Ravel; y a las 23.30 Igor Stravinsky.
A
partir de la precisión milimétrica en el uso estricto de estos datos,
Walsh puede sostener que el operativo que detuvo a los futuros fusilados
en José León Suárez era ilegal, ya que el decreto, para poder
aplicarse, debía darse a conocer públicamente, y esto recién sucedió a
las 00.32 del día 10. El método detectivesco utilizado por Walsh, como
si fuera un personaje de sus propios cuentos policiales, me dejó con la
sensación clara de que había algo más que datos útiles en esos párrafos.
Lo que aparecía detrás del dato –su telón de fondo– era el carácter
poético de la narración, la música sonando como si nada pasara.
En
la reconstrucción del itinerario de Horacio Di Chiano, quien logra
escapar del basural de José León Suárez y llega a una estación de
colectivos para subirse, desesperado, al primero que pasa, Walsh resalta
el dato de que el boleto que le da el chofer del colectivo es capicúa.
Para quienes hemos viajado en colectivo, sabemos bien que un boleto
capicúa augura la suerte del pasajero. Otra vez: un dato duro, rígido,
con características poéticas.
Estas
notas reaparecieron en mi memoria luego de tener algunas charlas con
Fidel Maguna, a partir de la lectura de su muy recomendable libro La pluma en la garganta2,
donde se va desgranando de manera precisa y metódica el panorama sobre
las dificultades de encontrar, en la propia biografía de Walsh, a ese
autor que explora e investiga en base a un rico universo poético,
irónico y humorístico; un Walsh poco visitado que parece vivir a la
sombra de la épica que tienen su vida y su obra.
A
partir de estos idas y vueltas con Fidel, fui revisando esas notas, que
voy a ir tratando de exponer de la manera más ordenada posible. Se
hará, entonces, el intento de visualizar algunas situaciones concretas
de la vida de algunos hombres, reales o ficticios, con la mera finalidad
de pensar a Walsh desde otros lados, explorando posibilidades, puntos
de encuentro, referencias probables.
Todas
las situaciones que se exponen a continuación sobresalen por tener el
mismo eje: la necesidad imperiosa de actuar ante la injusticia.
2
En Operación Masacre, Walsh describe la escena donde su vida se trastoca para siempre a partir de escuchar a alguien comentar: “Hay un fusilado que vive”.
La frase aparece ante él como un latigazo. Y ante nosotros, también:
cómo es posible que un fusilado esté vivo. Cualquier cuento policial
podría empezar así. La extrañeza y la curiosidad que le produjo es el
principio del fin del jugador de ajedrez, del estudioso de las partidas
de Nimzovich y Keres, del tranquilo habitué de un bar de La Plata a
quien no le interesaba la política.
Walsh no sabe por qué le llama la atención esa frase, no sabe
por qué pide hablar con Juan Carlos Livraga, el muerto viviente; pero,
mientras lo escucha narrar su tragedia, mirándolo directamente a los
ojos, Rodolfo Walsh sabe3.
Es
este saber, este momento decisivo, donde hay un punto de quiebre, una
especie de satori criollo que marca definitivamente el destino de un
hombre.
3
Ahora
pongamos por caso a un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga
antigua, rocín flaco y galgo corredor, quien, profundamente conmovido
por la lectura de libros de caballería, sale una mañana convertido en
Don Quijote de la Mancha, para desfacer agravios y enderezar entuertos4.
La
transformación se da luego de varios días con sus noches, encerrado
leyendo, hasta el momento en que entiende que el mundo entero es un
lugar injusto y sale entonces a remedarlo.
Don Quijote ahora sabe. Además, cree que todo lo que ha leído es real. Algo increíblemente similar escribe Walsh en su prólogo: “Es que uno llega a creer en las historias que ha escrito o leído (…)”5. Los límites entre lo real y lo literario se vuelven difusos.
El
cambio que se opera en esa transformación tiene un doble fondo: por un
lado, Cervantes nos propone a un pobre viejo que se vuelve loco; pero a
la vez, en su derrotero, el saldo termina siendo que la normalidad de
las cosas es puesta en duda y nos vamos dando cuenta, en el correr del
texto, que Don Quijote es el más cuerdo de todos. No casualmente se ha
convertido en el arquetipo tragicómico de los que luchan contra la
injusticia.
Habría
que pensar, de paso, en ciertas lógicas en el manejo de los prólogos de
Walsh y Cervantes (¿dos de los mejores prólogos que se han escrito?),
donde ellos mismos parecen transformarse en personajes del texto que les
sigue a continuación. En los dos casos, la realidad se desdobla,
narrativa y realidad conviven, la obra se liga íntimamente con el autor
para trastocar sus vidas. Los límites entre lo real y lo literario,
insisto, se vuelven difusos6.
4
Otra
situación similar parte de la cita que encabeza este texto: el momento
exacto donde Isidoro Tadeo Cruz cambia su vida para siempre7.
Cruz atraviesa ese momento clave, siendo parte de una cuadrilla de
soldados que están castigando sin piedad a un gaucho solitario que
resiste como puede a la golpiza. Ahí entiende, en ese momento lúcido, la
injusticia de la situación, e inmediatamente cambia de bando y se pone
espalda con espalda con Martín Fierro.
La
comparación con Cruz tiene otro hilo conductor: Walsh tomó el apellido
de José Hernández cuando tuvo que usar un seudónimo. Se llamó Daniel
Hernández. Ese nombre que también utilizó como personaje de algunos de
sus cuentos.
5
El nombre Daniel fue tomado del profeta que aparece en el Antiguo Testamento, al cual Walsh, además, cita en dos cuentos de Variaciones en rojo8, su primer libro.
Lo que me interesa remarcar en este caso es que, en el Libro de Daniel9,
se cuenta la historia de cómo el profeta descifra una extraña escritura
que ningún otro había podido esclarecer, lo cual puede llevarnos al
propio Walsh del año 1961, en Cuba, desencriptando los cables secretos
que definieron la victoria del ejercito revolucionario frente a la
invasión yanqui a Bahía de los Cochinos y playa Girón.
6
En
estos cruces entre biografía y literatura, aprovecho para agregar a
Leopoldo Marechal, quien también dejó por escrito el momento exacto de
su propia epifanía. Estando en su casa vio que las calles de Buenos
Aires se empezaron a llenar de obreros, escuchó el sonido de los bombos
que acompañaban los cantos de los trabajadores y no pudo hacer otra cosa
que salir con ellos y marchar hasta la Plaza de Mayo, un 17 de octubre
de 1945. Dice que fue la primera vez que esa Argentina invisible se hizo
visible. Marechal empezó a ver, entendió al peronismo como la posibilidad de hacer visible lo invisible y su vida cambió para siempre10.
Creo que a Leopoldo Marechal le hubiera gustado mucho la idea de satori criollo. Es posible que Adán Buenosayres haya tenido el suyo propio en esa hermosa novela.
7
Volviendo a Operación Masacre, no pude sino detenerme en la breve pero rotunda referencia a Martiniano Chilavert: “Giunta,
como Gavino, llega a la Estación Chilavert. Probablemente ninguno de
los dos sabía que ese era el nombre de otro fusilado, el vencido de
Caseros”11
Martiniano
Chilavert, militar unitario, fiel seguidor de Lavalle y defensor férreo
de las ideas liberales, se queda impactado luego de los hechos en la
vuelta de Obligado, y decide ofrecerle sus servicios a Juan Manuel de
Rosas.
Le escribe a Manuel Oribe, su antiguo compañero de armas, las siguientes palabras:
“El
cañón de Obligado contestó a tan insolentes provocaciones. Su estruendo
resonó en mi corazón. Desde ese instante un solo deseo me anima: el de
servir a mi patria en esta lucha de justicia y de gloria para ella.12“
Chilavert
paga con su vida esa decisión y termina siendo mandado a fusilar por
orden de Urquiza, luego de defender hasta el final, con sus artilleros,
la retaguardia del ejército de Rosas, en la batalla de Caseros.
8
En
esta especie de juego de espejos –en esta tirada de cartas donde se
puede construir una genealogía lúdica, un marco poético, que también es
político, para el análisis– creo que hermanar a nuestro autor con Cruz,
Chilavert, Marechal y el Quijote quizá nos pueda abrir algún panorama de
posibilidades a la hora de pensar en Walsh.
No
hay duda que estas situaciones pueden multiplicarse por miles. Este
país sabe de coraje y de poner el cuerpo. Nuestros 30.000 desaparecidos
dan muestra cabal de eso. Y muchos más, si nos proponemos pensarlo desde
un poco más cerca13.
Por
último, desdoblando, como en el Quijote, la realidad: ¿será posible que
nosotros, ávidos lectores de Walsh, hayamos pasado nuestro propio satori criollo a partir de alguna de sus palabras?
Es más que probable que, si llegaste hasta estas líneas, la respuesta sea que sí.
Notas al pie:
1Operación Masacre, Ediciones de la Flor, 1972. Todas las referencias a esta obra corresponden a esta edición.
2 Maguna, Fidel, La pluma en la garganta, Rodolfo Walsh, biografismo y poética. Prólogo de Julián Axat, Editorial Punto de Encuentro, 2024
3
“No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana,
erizada de improbabilidades. No sé por qué pido hablar con ese hombre,
por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga. Pero después sé. Miro
esa cara, el agujero en la mejilla, el agujero más grande en la
garganta, la boca quebrada y los ojos opacos donde se ha quedado
flotando una sombra de muerte. Me siento insultado (…)” Ibid.
4Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes, primera parte, capítulo 1. Edición del bicentenario, RAE.
6
Transcribo un breve párrafo, también del prólogo, donde realidad y
ficción se mezclan y el uso del humor no parece estar vedado para Walsh:
“Ésa es la historia que le oigo repetir ante el juez, una mañana en que
soy el primo de Livraga y por eso puedo entrar en el despacho
del juez (…) Entonces estamos todos avergonzados, me parece que el juez
se conmueve y a mí vuelve a conmoverme la desgracia de mi primo.” (Las itálicas son mías).
7 El momento exacto es este: “¡Cruz no consiente / que se cometa el delito / de matar ansí un valiente!”, en el canto 9 de El gaucho Martín Fierro, de José Hernández.
8Variaciones en Rojo, 1953. Las citas encabezan los cuentos “La aventura de las pruebas de imprenta” y el que le da nombre al libro.
13
Mientras voy revisando este texto, recuerdo la historia de Diego
Lamagna, quien forma parte de los asesinados en la rebelión popular de
diciembre de 2001. Diego tenía 26 años y era un conocido ciclista de freestyle.
No creía en el sistema político, pero sentía una gran admiración por
las Madres de Plaza de Mayo. Cuando el jueves 20 de diciembre vio por
televisión que las reprimían, salió a la calle para defenderlas, y así
se encontró con su destino. Murió después de haber sido herido en el
pecho con un perdigón de plomo. Según testigos, le dispararon policías
de civil desde una camioneta sin identificación en la ciudad de Buenos
Aires. Estos datos fueron extraídos de informes de CORREPI y CELS.
Mientras releo la novela, voy dibujando las ideas que se ponen en
escena, a la manera de los diagramas de Venn, aunque sin posibilidad de
solución o de entendimiento aritmético. El texto propone ideas cúmulo, ideas
grumo, fragmentos que van tratando de cristalizarse durante toda la obra: una
nochebuena en el restaurante Polidor, un comensal gordo pide un chateau
saignant, mientras Juan toma una copa de Sylvaner, hay un espejo, una frase
de Michel Butor, y todo eso parecieran querer decir algo, algo que se nos
escapa, siempre, como en toda la narrativa de Cortázar. Algo que está ahí, pero
dónde, cómo.
En todo Cortázar está trazada una pregunta que no tiene respuesta. Es
una pregunta retórica, que obliga al lector a empezar a dudar de lo que llamamos "normalidad". Esa ruptura, la posibilidad
de ese quiebre, es una premisa revolucionaria, ya que se apunta siempre a la
subversión de todas las cosas, a darse vuelta como un guante, a salir de
cualquier logos, a romper con cinco mil años de cultura, cualquier prisión
cartesiana, y a destruir, sobre todo, el lenguaje. En el texto hay un movimiento de tensión permanente, que se genera ante cualquier
situación narrada. Hay series de fragmentos que quieren aglutinarse, muñecas
endiabladas, una estatua de Vercingétorix, un cuadro especial para un grupo de
neuróticos anónimos, la posibilidad de que las gaviotas sean mamíferos o una
revolución en Burundi.
Entre sus muchos personajes (otra característica de su narrativa) se
construyen múltiples líneas, pero sobre todo triángulos (amorosos o no: Nicole,
Marrast, Juan – Juan, Helene, Tell – Celia, Helene, Austin – Calac, Polanco, mi
paredro, etcétera), aunque fundamentalmente lo que se busca es la idea de una
figura entrevista en un parpadeo cuando se mira a los insectos merodear
alrededor de una luz. Ese dibujo instantáneo que aparece y se desvanece
enseguida y para siempre. Y hay que ver cómo combatir la nostalgia de esa
pérdida.
Después está el humor, con Calac y Polanco a la cabeza, con esa
suelta de palomas o murciélagos que parecen sus diálogos. Palabras inventadas,
tiradas a rodar ante la estupefacta cara de los europeos al paso y la
presumible carcajada del desocupado lector. Estos personajes son adorables,
incluso para el autor, que los revive en varios de sus textos (Salvo el
crepúsculo, La vuelta al día en 80 mundos, Último Round, al menos)
También están los personajes inadmisibles por su absurdo total, como el
caracol Osvaldo, o Feuille Morte, quien sólo dice una sola frase que repite
algunas veces durante toda la novela (bis bis-bis bis). O mi paredro, el
personaje invisible, que puede ser cualquiera de los personajes: algo así como
el delegado, o una máscara que sabrá uno descifrar a qué personaje pertenece
cada vez.
La novela emerge del capítulo 62 de Rayuela, donde se plantea algo así
como cierta independencia química de nuestros movimientos, previa al
pensamiento, a la voluntad, y donde los personajes parecen ser llevados de acá
para allá sin mucha participación consciente de parte de estos. Personajes que
se denuncian como nosotros, claro, salvo que ellos atisban la ciudad imposible
donde pareciera que el puente aparece, las personas se mueven casi como en un
sueño, las puertas quizá se abren.
Pareciera que, finalmente, Cortázar concreta la tentativa propuesta en
Rayuela y también en Los Premios, donde el absurdo toma su estandarte y lo
lleva hacía lo más hondo posible. Pareciera que su narrativa previa sirvió como
un enorme borrador de lo que finalmente es 62/Modelo para armar, donde se logra, a través de un juego perfectamente definido, una narrativa
basada en impulsos y lugares imprecisos, en la negación de la consciencia, la
ruptura de la sólida piedra de lo cotidiano.
Más allá de cierta pesadez inicial (que Calac rompe en una pura
autocrítica a los cachetazos) la novela, de difícil lectura, es a mi parecer lo
mejor que ha escrito Cortázar. Y es justamente Calac (apenas se nos deja ver
esto lateralmente) quien va tomando notas para escribir una novela que es la
que estamos leyendo.
La llegada de las conclusiones, que lo son, pero no tanto, los finales
imprevistos, el amor, el desamor, el humor en muchos aspectos como eje de la
novela, parecieran afirmarse en su imposibilidad, en cerrar las ideas que la
rigen, entre basiliscos, sexo, hoteles, Londres - Viena - París, pero también
Copenhague, tangos, mucho whisky, o la condesa sangrienta de la que habló
Alejandra Pizarnik.
Los personajes finalmente parecen ser los insectos que revolotean sobre
un farol. En el lector está la posibilidad de parpadear en el momento justo
para ver la figura que este texto arma.