lunes, 28 de noviembre de 2016

Notas breves sobre Córtazar: Imagen de John Keats.

Entrar en el experimento de Imagen de John Keats y dejarse llevar por ese mar de papel del que uno casi no puede salir, es una experiencia literaria realmente abrumadora.
No consigue Julio Cortázar hacerme entrar en la obra del biografiado, si es que es una biografía, pero lo que sin duda consigue es contagiar algo así como una pulsión irrefrenable por la escritura.
Escribir y conseguir ese oleaje tremendo de palabras, bucear en las letras, en el placer de escribir, como a quien se le va la vida en ello.

A escribir entonces, que se acaba el mundo.

martes, 8 de noviembre de 2016

Nombres raros.

Acá me ando, arrinconando nombres raros que encuentro por ahí, muchos de los cuales no había siquiera escuchado jamás:


ADELMA ADOLA ADOLIA ADORACIÓALBINA ALMERINDA ARMONIA AUDELINA 
AUDORINDO

BENJAZMIN BRAULIA 

CÁNDIDO CANTALICIO CANUTA CAYETANA CELMIRA CIPLICIA CRÍSPULO

DALIA DELIRA DELMIRA DESIDERIO DIONISIO DOLENA DOLLY DORIANA

ELEODORO ELINO ENILDE ERCIRA ESTERLINA ESTRELLA ETELVINA EUGENIO 
EULALIA 

FELICINDA FELIDORO FELIPA FLORENTINA FLORINDA FRESIA 

GACILDA GENEROSA GUBERLINDA

HASANIA HÉLIDA HERMAN HONORIA

INOCENCIO ISIDRO

JUVENAL

LIDUVINA LIVERATO

NALFA NEDDA NICÉFORA NIEVE NIVEA NOJA NOLFA

ODILA ONALDO ORFELIANA OTILIA 

PROSERPINA

REMIGIO RINA RINDOLFO ROMANA RUFINA

TEORINDA TERMA TERNA 

VICTORINA 

ZUDELIA ZUNILDA

jueves, 19 de marzo de 2015

Ulises Dumont.


Ayer me di cuenta que se puede escribir una novela pensando en Ulises Dumont*. No, no: ayer entendí, como un relámpago, una fuerte luz cegadora, que tenía que escribir una novela en la cual Ulises Dumont participe de alguna forma. No, tampoco; a ver: anoche, viendo una película en la que trabaja Ulises Dumont, sentí que lo próximo que debía escribir tendría que ver con él, como un personaje más; o como alguien, que de muchas maneras debía estar presente en mis textos. Tampoco así, no. Era de noche, tarde. Afuera hacía frío; adentro, estaba tirado en el sofá haciendo zaping. De repente una señora vestida de Blanca Nieves ve que uno de sus enanos saca una verga tremenda, quizá del mismo tamaño que lo que mide él. Blanca Nieves finge una sorpresa pícara, digamos. Por una escalera viene bajando Ulises Dumont, sí, con su tremendo rostro espectral; su cara de qué hago yo en este puto mundo de mierda, su cara de este mundo de mierda no tiene arreglo, su cara de todos nos vamos yendo ineluctablemente a la mismísima mierda.

Se detiene, asoma su rostro por un agujero en la pared y mira la escena de Blanca Puta Nieves lamiendo lentamente la garompa sobrenatural que desmesuradamente porta el enano.

Ulises Dumont suda, se relame invisiblemente. Se ven sus papilas gustativas trabajando como nunca, llenando las cavidades de su boca con litros de saliva; sus ojos prendidos fuego, sus cuatro pelos despeinándose a manotazos que tratan de alisarlo una y otra vez.  No sé nada de actores, de cine, ni de teatro, pero no puedo sino pensar que en esa cara está todo el drama de los seres humanos comprimido en ese gesto penoso, tristísimo, angustiante. Enseguida pensé, olvidándome de la película, que había que escribir sobre Ulises Dumont, quizá algo así como una biografía ficticia. Pensé en mentir, descaradamente, sobre las posibilidades de su vida, los avatares, las tragedias, las lágrimas que hicieron que él llegue, como punto cúlmine, a ese rostro que espiaba, desde un agujero en la pared, a una mujer lamiendo una pija de plástico anormalmente grande en un set de filmación.

¿Mentir? La idea de una biografía falsa es atractiva. En seguida aparece algún texto de Borges, alguna película de Woody Allen, un libro de Vila Matas, incluso de Cortázar, su libro sobre Keats, claro; o la Vida de Samuel Johnson. La enumeración no es inválida: al rato de masticar  brevemente la idea, uno entiende que toda biografía es falsa, es decir, todas son un relato, con más o menos papeles que lo fundamenten, con más o menos pruebas científicas, fuentes directas o indirectas, que den forma a lo que se va a pasar a la letra.

No hay ingenuidad en este tipo de textos. La objetividad es una abstracción imposible y la palabra es ficción. ¿Qué estaba haciendo Ulises Dumont el 14 de febrero de mil novecientos ochenta y seis a las cinco y treinta y ocho de la mañana? ¿Dónde se encontraba el diez y seis de agosto de mil novecientos setenta y dos a las cuatro pm? Nadie lo sabe, ni lo sabrá jamás. No hay rastros posibles, no hay registro de nada, no hay forma de saberlo; lo cual me permite responder tranquilamente a esas dos preguntas: el catorce de febrero de mil novecientos ochenta y seis a las cinco treinta y ocho de la mañana Ulises Dumont dormía plácidamente en su casa de Capital Federal y soñaba con su abuelo, quien le comentaba que la mala racha de Racing Club se debía por un cambio en los fotones que estaba emitiendo el sol a causa de los experimentos que estaban haciendo los peronistas en el Instituto Balseiro. La segunda pregunta la respondo sencillamente: el diez y seis de agosto de mil novecientos setenta y dos a las cuatro pm Ulises Dumont estaba cagando, sentado en el inodoro de su casa, leyendo el diario.

¿Por qué no? ¿Quién puede desmentir eso? Algún estudioso va a venir con unos papeles y fotos que atestigüen lo contrario, manuscritos borrosos de cartas enviadas desde Bogotá o Marruecos justo en alguna de esas fechas, correcciones sobre algún posible sueño de nuestro personaje y cosas así. Podría ser, pero no significa nada. La verdad histórica que se vaya con los historiadores, a quién le importa. Todos somos parte de algo así como un sueño entretejido en las brumas de la realidad. No hay papel, no hay nada que atestigüe sobre nosotros. No hay, en definitiva, verdad, en el sentido del biógrafo, del historiador, del neurótico. Hay verdad en el sentido en que hay un relato que contar. Y así, todo.

Me levanto, apago el televisor, me sirvo un vaso de whisky y me quedo pensando en Ulises Dumont. Encuentro en internet algunos reportajes, fragmentos de películas, fotos. “Viva Perón carajo” grita, matando y muriendo a la vez en una de las películas en las que apareció. Una síntesis probable del peronismo, que quizá ya había aparecido antes de esa escena célebre: en su propia cara trágica, de niño abandonado, de universo incomprensible. Pensé en el hombrecito de sombrero gris, pensé en el señor López, que cruzando algunas puertas liberaba su inconsciente a los deseos reprimidos durante su mugrienta y odiosa vida. Le hubiera quedado como anillo al dedo esa invención.

Lo imagino con la cara pintada como la de un clown. Ulises Dumont debe haber representado a un payaso alguna vez en su vida. Sus gestos, su sonrisa a lo Mona Lisa, indescriptible, la tristeza que se escapa desde las marcas de su cara, harían de él sencillamente un clown perfecto para la foto.

Nunca lo pude ver en vivo, en el teatro. Lo vi pusilánime, llorando, gritando, borracho, besando a una mujer, explicando la tristeza de un mundo que no se entiende. Siempre en los cines, en la tele, en internet. Nunca pude darle un abrazo, saludarlo, ver su cara de sorpresa un poco impostada al ver que un desconocido lo reconoce por ahí. Escucho su voz entrecortada, quizá tartamudeando un poco, o no, firme y filosa, cortante con dos o tres respuestas y algún gesto, una sonrisa de despedida.

Ulises Dumont. Vos fíjate si no es un gran nombre: Ulises, Odiseo, nuestro penoso viajero de la literatura clásica. También aparece el judío de Joyce, que anda, con una papa en su bolsillo y con su amigo Stephan Dédalus por las calles Dublin en un día de junio.  ¿Y el apellido? Qué fácil es traducirlo por “del mundo”. Genial. No me digan que no tiene un nombre genial. Nuestro viajero del mundo nos tiene ahora de corrido por estas páginas, hace de hilo de esta historia, como no podía ser de otra manera, mientras lo vi, un relámpago, ayer haciendo zaping, mientras asomaba su cara por el agujero de una pared, para espiar como una Blanca Nieves triple equis pasaba su lengua por el pene enorme de uno de sus enanos. Viajero del mundo, sí.

Imagino las caras borrosas de sus padres observando al pequeño viajero del mundo dormir plácidamente. El día exacto en que, previo a su nacimiento, decidieron que si era varón se llamaría Ulises. Quizá corría el año mil novecientos treinta y siete, afuera llovía y la madre observaba su enorme barriga a punto de parir. La abuela había dicho que por la forma de la panza iba a ser un varón, y tuvo razón. O no, quizá fue una de sus tías. El nombre brillaba por sí mismo: habían leído La Odisea durante todo el verano anterior metidos adentro de la bañera de la casa. En ese verano el calor fue tremendo, y la pareja joven, recién casada, no encontró mejor manera de soportarlo metidos adentro del agua, leyendo y haciendo el amor apasionadamente. Quizá entre la lectura de la orestíada, ella quedó embarazada.

Quizá no y Ulises se llamaba un tío del padre, muerto recientemente y así quedó definido el nombre del próximo integrante de la familia.

De todas maneras Ulises Dumont nació, como todos nosotros, un día entre los días. Como no llegaban al hospital la señora más vieja del barrio ayudó a la madre a parir en su propia casa, mientras el padre, fumando una pipa, esperaba yendo de una punta a la otra del living.

O no. Llegaron al hospital, y tuvieron un parto rápido y sin dolor, y el médico que los atendió se llamaba Ulises, por lo cual no hubo que buscar nombre alguno.

¿Mentir? ¿Ficción? ¿Qué es la ficción? Cada día me asombra más el parecido que tienen las palabras “realidad” y “relato”.

Y así, todo.


*Este texto se encuentra en mi libro "Las mariposas de Nabokov".

martes, 16 de diciembre de 2014

“Lolita”, de Vladimir Nabokov


Como dice el autor en el epílogo, el libro no tiene pretensiones moralizantes. Con esta premisa, creo que una lectura posible de “Lolita”, debería despojarla de aburridas acometidas psicológicas, explicaciones hartas de metáforas, o simbolismos estrambóticos que traten de resumir al autor a través de su obra. De esta manera el epílogo ilumina la idea de que el libro es parte de una gran conversación literaria, que no admite nimiedades tales como la simple repulsión que podamos tener sobre un personaje bastante despreciable que además gusta de las menores de edad.

Al contrario de la premisa base que el escritor deja en el epílogo, el prólogo ve en el libro una serie de enseñanzas o de una didáctica posible. La conversación empieza en el metatexto, y no pude hacer otra cosa que ampliar ese universo. Es decir, una vez que terminé la lectura no tuve otra opción que ir a buscar El Quijote y hacer algunas comparaciones, que son, según se dice, odiosas.

Nabokov fue un crítico áspero del Caballero de la Triste Figura. En coincidencia con Jorge Luis Borges, el texto de Cervantes nunca le gustó, y en el entredicho, en la comparación con Shakespeare, eligió definitivamente al enorme escritor inglés. Esto quedó plasmado en unas clases que dictó en Harvard, que luego fueron publicadas bajo el nombre de “Curso sobre El Quijote”.

Quizá el error consista en la comparación, y así, siguiendo esta idea, se me ocurrió que era casi imposible pensar en “Lolita” por fuera del Quijote.

Es que por empezar, el prólogo, firmado por un tal John Ray, un personaje ficticio, doctor en filosofía premiado por su libro llamado “¿Tienen sentido los sentidos?”, ronda sin dudar la ironía y el chiste, de la misma manera que Cervantes en su célebre prologo: “Desocupado lector…”

Más allá del chiste, que abundan en el prólogo de Cervantes, la novela en sí, la confesión de Humbert Humbert sobre su ardorosa y prohibida pasión, es tratada como objeto, tanto en el prólogo como en el epílogo. Cervantes juega con la misma idea: destacar, marcar, anticipar la temática del texto, que a la vez pertenece a otro, generando un corrimiento del narrador, un descentramiento de la voz narrativa, una discusión sobre el texto dentro del mismo texto. Este juego de máscaras los relaciona muy particularmente, creando cierto marco de realidad de los hechos, que no hace otra cosa que marcar, que pulsar la ficcionalidad que tiene, según el autor ruso, esta palabra que siempre debería escribirse entre comillas, “la realidad”.

Lolita, entonces, como el Quijote, está enmarcada en una discusión metatextual. Dudo que la novela, sin estos ardides de la escritura occidental, hubiera sido tan interesante y efectiva.

Por otra parte, el prólogo también anuncia y previene al desocupado lector sobre la idea firme del autor en cuanto su quehacer:

“(…) lo ofensivo no suele  ser más que un sinónimo de lo insólito; que una obra de arte es, en esencia, siempre original, por lo cual su naturaleza misma hace que se presente como una sorpresa más o menos escandalosa”

 Una breve teoría del arte que tiene asidero también en su antepasado próximo, el Ulises, de James Joyce (en este prólogo se recuerda lateralmente el juicio que sufrió esa novela en EEUU, por la cual no se pudo editar hasta 1933, a causa de una decisión judicial)

Alguien se podría encargar de los lazos que unen “Lolita” con “Ulises”, y quizá ésta con El Quijote. No va a ser mi caso, al menos por ahora.

Sigamos haciendo comparaciones odiosas y detestables: Mr Humbert tiene tres “salidas”, al igual que El Quijote. Nabokov pasea por una Norteamérica lánguida, con personajes vacíos, en hoteles al paso, que bien pueden parecerse a las posadas pestilentes de la Mancha. Las comparaciones son detestables, pero esas salidas a ningún lugar, escapando hacia adelante, hacen que la comparación sea sencilla. Invirtiendo el orden, Humbert hace su tercer salida sólo, mientras el Caballero de la Triste Figura sale sin Sancho en la primera parte de la novela. No era la idea comparar a la bella Lolita con Sancho Panza, pero se podría pensar sin duda en esa dualidad, sobre todo por algunas características comunes entre estos dos personajes (el mal carácter y la sequedad de palabras, el uso de vocabulario soez y sórdido, etc).  Quizá la comparación sea mejor entre el fino caballero Humbert y el mismísimo Quijote, que tiene la forma de una letra gótica, como dijo alguna vez Michel Foucault. Dos lánguidos señores, adultos, errabundos, soñadores, intelectuales, con “cultura” y mañas.

Por otra parte, dejando de lado al Manco de Lepanto, creo ver, en el epílogo de Nabokov, un llamado de atención que posiblemente haya tomado de manera literal Juan José Saer. Escribir “un policial sin diálogos”, parece ser la tarea que se autoimpuso Saer al escribir “La pesquisa”. Quién sabe. Quizá acá entremos en otra polémica, la que Saer dejó plasmada en su libro “Trabajos”, demoliendo violentamente y punto por punto la obra de Nabokov. Quién dice que este turco discutidor no haya escrito “La pesquisa” solo para contrariarlo. El texto de Saer sobre Nabokov se llama maliciosamente “Sobre un pavo real”.

También quise ver, en cierta rigurosidad del relato, alguna idea que quizá haya tomado Antonio Di Benedetto en sus libros “Los suicidas” y “El silenciero”. Hasta a Roberto Bolaño, en algunos deslumbramientos del texto, me pareció verlo aparecer, aunque fugazmente.

 

domingo, 28 de septiembre de 2014

Literatura Patagónica: no eras Darwin ni Odiseo, pero por ahí anda la cosa.

Notas sobre "No eras un viajero inglés" de Raúl Mansilla.


La literatura tiene pocos temas: el amor, la muerte, la guerra, los viajes. Quizá en estos cuatro ítems se resuma un noventa por ciento de todo lo escrito. Esto no quiere decir que por eso nos ponemos repetitivos, y andamos por ahí haciendo variaciones modernas de La Odisea o del Quijote. Aunque de pronto se me ocurre que quizá sí, y en eso consiste todo lo que se escribe: variaciones sobre un tema de Homero.


No es para reducir al absurdo las posibilidades literarias y creativas de un autor, pero todos entramos en algún esquema que nos precede, del cual eslabonamos en la cadena (si querer que suene pomposamente) de la literatura y su historia. Escribir sobre un viaje y no saber sobre las andanzas de Odiseo es un poco como hacer una casa sin cimientos.


Busco, siempre, en lo que leo, esos cimientos que tiene un autor para montar su "tema y variaciones sobre Homero". Y cuando esas raíces están ahí, presentes, el libro se deja leer, se lo lleva a uno en ese viaje misterioso que también es la lectura.


Tuve el gusto de conocer a Raúl Mansilla brevemente, en el encuentro que se realizó hace un par de semanas, llamado "Esquel Literario", que se hace todos los años en esta ciudad. Leímos algunos poemas en la misma mesa, con Esteban Pickewicz, lo cual fue un gran placer para mí. Raúl tuvo la deferencia de regalarme el libro, que leí ávidamente un par de veces. Será cosa e' mandinga, puesto que muchos libros apenas si se dejan leer una sola vez.


Es interesante pensar la literatura desde un ángulo geográfico: la Patagonia y sus parámetros de tierra infinita abren un espacio literario particular, un poco inabarcable y difuso. Pareciera que las características de estas letras son las mismas que la caracterizan en el territorio: las rutas, los viajes, los espacios "vacíos", las distancias, la aparente repetición del paisaje, la omnipresencia del viento, la vaga idea de un territorio ávido por quién le de sentido:


"repetir la cuarenta
como si fuera la raíz cuadrada de las rutas"



El territorio con su historia a cuestas y la poesía que lo llena de sentido, se llevan casi de la mano, se conforman uno sobre otro:


"Y hubo barcos que partieron
y puertos de maderos nuevos, ceremonias,
y lugares conquistables
y mujeres que de espaldas a la fiesta,
fumaban y bebían"



La soledad, los lugares inhospitalarios, la ruta como una cama, la ruta como una hoja en blanco, el espacio a simbolizar para darle un sentido a la cosa, la búsqueda del sentido mismo:


"No era tan blanca la hoja estaba llena de situaciones que había que unir con un hilo soga o loros, ballenas, petacas, semiconductores, choferes de larga y corta distancia y después la fila india de los pueblos originarios mirando hacia el suelo las cientos de torres gemelas y después el largo recorrido de puentes por el sistema nervioso y luego la abstención y el medico de cabecera y el psicólogo de cabecera y tu nuevo futuro de cabecera y la concha de la lora"


No puedo dejar pasar que, en la Patagonia, uno debe leer a los poetas pensando, en general, en referencias poéticas como Jorge Spíndola, y sobre todo en este libro al cual nos estamos refiriendo. Imágenes que hacen saltar el entramado de afinidades entre escritores locales, sus puntos de apoyo, sus guiños interpretativos, sus proximidades:


"Susie Q, las gomas ardiendo, noticias del fuego,
piquetes & women sobre el humo nocturno,
cielo rojinegro."



Llenar de sentido, como hecho fundacional de toda poesía, además de la búsqueda de ese sentido mismo, que va y viene, no puede fijarse, y descubrir que ese movimiento, ese deslizarse, sea lo poético en sí.


No eras un viajero inglés, no eras un viajero griego, de allá, del fondo de los siglos, pero sabías que ellos pre existieron y marcaron el territorio real, y el territorio de la escritura universal. El libro tiende sus raíces, se deja leer varias veces justamente por esa cualidad: estar aferrado a la historia, transpolar el espacio patagónico a la pretensión, creo, de toda poética, de ser universal.




Raúl Mansilla, "No eras un viajero inglés", 1ed, Neuquén, Edit Del Genpin 2012. (en Libros Celebrios, 2004)





miércoles, 17 de septiembre de 2014

Los clásicos y algunas ideas sobre James Joyce.

Uno en general nunca sabe bien, desde qué lugar de referencia va conociendo a algunos autores ni por qué se le ocurre que tiene que leerlos, pero así me fue pasando, entre otros, con Joyce. Antes de leer cualquier canon, antes de tener alguna idea sobre lo que puede ser el "legado de la literatura universal", uno se encuentra con estos escritores, se cruza con estos libros fundamentales, y no puede escaparse de ellos. Quizá debería decir "no debe", pero el deber pasa por otro lado a la hora de la lectura literaria. Sobre todo si la finalidad del lector es a la vez, la de convertirse en escritor.

¿Como decirlo sin que suene demasiado mal? Borges me ayuda un poco con esto: "Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que lee". Por ahí vamos y avanzamos: hoy no podemos componer la novena sinfonía de Beethoven, muchachos, y menos aún si no se detuvieron a escucharla. En todo caso, es claro que se puede componer esa sinfonía, vender muchos discos, y a otra cosa. Pero el desanudarse concienzudamente de la Historia no lleva mas que a ser pasto del olvido en muy breves plazos, no lleva más que a generar más mercancías en un mundo que necesita más obras de arte.

A qué me refiero con esto, sino a la pregunta, que hice en algún otro texto, de pensar en el año tres mil, preguntando si Salinger, o mejor, Roberto Arlt va a tener sus "Siete Locos" en la vidriera holográfica de una librería del futuro. O de manera inversa, quizá es mejor pensar en el por qué, "La Ilíada" o cualquier obra de Shakespeare sin duda va a estar en esa biblioteca robotizada.

En el barrio terminaron diciendo: "áspero como párrafo de James Joyce". Es claro que esto jamás sucedió ni sucederá, y que cambiando el nombre del autor por otros, igual funcionaría muy bien; pero hubiera sido una buena frase para ir definiendo las dificultades que se nos presentan a la hora de tomar alguno de sus libros con ganas de terminarlo, al menos en el caso de "Ulises" y en el saber, en la previa de la lectura, que es uno de estos libros con los que no deberíamos claudicar.

Y me bastó llegar a menos de la mitad de un libro de un autor argentino, muy famoso, con aires de vanguardia, con película en base a esa novela, que se me cayó de las manos, entre bostezos, al sentir que el muchacho no había tenido tiempo de leer a Joyce (ni al Quijote, ni al Dante) antes de sentarse a contar su historia. Eso no le impidió dar cátedras en varias universidades y programas de televisión, etcétera y la verdad es que hoy no se habla siquiera de su existencia. Me bastó esa lectura interrumpida para entender que seguir leyendo era perder el tiempo: el libro no valía, literariamente, nada.

De todas maneras esto no quiere decir que estamos obligados a leer a los clásicos, pero no me cabe duda que largarse a escribir sin haberlos leído es como ver a un ciego piloteando un bombardero nuclear.

El arte, la literatura, lo que queda de ella a lo largo de la historia, no es intuición pura, no existe fuera de la historia, ni fuera de su propia historia, tampoco fuera de el resto de los textos que nos enredan, y se tocan entre sí, constituyen parte del entramado de la cultura, son la base de todas las culturas, de las formas en las que nos movemos por el mundo y con los otros.

La idea es, más o menos, que no deberíamos permanecer ciegos ante los clásicos, sino, al contrario, dejar que estos nos abran los ojos. 

domingo, 24 de agosto de 2014

Notas breves sobre Cortázar (2)


La realidad es otra cosa.

Cortázar opera un doble desgarro en la realidad del lector, por un lado, despabila a quien corresponda sobre la imposibilidad de quedarse con lo dado, con lo dicho, lo impuesto. Por el otro, da cuenta que todo arte es un acto revolucionario o no es nada: la realidad debe ser superada, denunciando todas sus falencias. Y el azar es uno de los lugares que le quedan cómodos a Cortázar para subvertir la realidad con las palabras. Entre tantas certezas, la utilización del azar resulta imperiosa para desmitificar lo dado, lo dicho, las conductas y creencias con las que vivimos y morimos aferrados y temerosos.

Cortázar va un poco más allá de eso: hace del azar una formalidad, un lugar existente bajo (o al costado) de nuestra realidad cosificada, densa e imperturbable. Frente a los destinos marcados, el azar gobierna, como un juego, como una ruptura que delata la falla, el error en el que estamos sumidos, el que nos han impuesto.

Estos otros lugares (Juan José Saer quizá haya llamado a esto “la zona”) son tema fundante de la narrativa de Cortázar. La liquidación del lugar común, su destrucción, la idea ingenua pero luminosa de que la realidad es otra cosa, es una de las bases de su narrativa.

“Un tal Lucas”, “62/ Modelo para armar”, “Rayuela”, el cuento “Manuscrito hallado en un bolsillo” entre otros o casi todos sus cuentos, tienen en su base el poder leer la realidad de otra manera con la finalidad de destruirla. Esta destrucción se produce en el momento en que el azar se hace inteligible y toma forma bajo la pesada rutina diaria, por fuera de las densas estructuras mentales que nos gobiernan, y es ahí donde asoman las palabras para subvertir el orden, lo impuesto, desde el reflejo de las miradas que se cruzan en la ventanilla del metro, desde en una mujer que vomita conejitos, o desde un personaje inconcebible cuyas únicas palabras, durante toda una novela, serán: “bisbis, bisbis”.

lunes, 18 de agosto de 2014

Anatole France, un escritor olvidado (2)

Buscando el índice de capítulos de Ulises de James Joyce, en la parte de atrás del libro, me encuentro con que éste fue impreso en la calle Anatole France, de Sarandí, Buenos Aires. Enseguida pensé que la mejor manera de olvidar a alguien es, definitivamente, nombrar a una calle con su nombre, ponerle “sangre de estatua” como bien dijo Girondo un día. Se puede decir también que los premios ayudan al olvido: Anatole France es premio Nobel de literatura en el año 1921. Quien sabe cuales son los factores que ayudan al olvido, más en este caso me gusta pensar que el autor, su vasta obra (más de sesenta novelas), fue echada al olvido, fue dejada de lado. Anatole France es un escritor que incomoda. Quizá es uno de los escritores que inaugura, junto a Émile Zola, lo que se llama un “escritor comprometido”. Quizá por eso Osvaldo Bayer lo nombra cada tanto en sus libros y entrevistas. También el enorme David Viñas, en una famosa conversación que tiene uno de los personajes de su novela "Los dueños de la tierra". Sus durísimas críticas sociales escritas con mucho rigor, ironía y desenfrenado acierto, le han hecho ganar una buena caterva de enemigos. El resultado es que hay pocas ediciones nuevas de sus obras. Sus libros más famosos, quizá “La isla de los pingüinos” se puede encontrar en alguna librería. El resto de su obra se halla dispersa por librerías de usados y saldos, las ediciones del Mirasol, de los años sesenta, y varios libros amarillentos por el tiempo, de la época en que los impresores no se dignaban, en la última página del libro, a poner la fecha en que hicieron su trabajo. Uno de ellos está amablemente prologado por un joven Pablo Neruda.


Acá dejo, entonces, algunas frases que me gustan mucho de él, por su claridad, su irónica dureza, y por lo bien que están escritas.


"En Francia somos militares y somos ciudadanos. Otro motivo de orgullo: ser ciudadanos! Esto consiste, para los pobres, en sostener y conservar a los ricos en su poderío y ociosidad. Han de trabajar ante la majestuosa equidad de las leyes, que prohíben tanto al rico como al pobre acostarse bajo los puentes, mendigar en las calles y robar pan. Es uno de los beneficios de la Revolución (francesa). Como la Revolución fue hecha por locos y por imbéciles en provecho de los compradores de bienes nacionales, y en realidad sólo conduce al enriquecimiento de los aldeanos taimados y de los burgueses usureros, alzó, con el nombre de Igualdad, el imperio de la riqueza y entregó a Francia a los hombres adinerados de un siglo acá (...) El gobierno aparente, compuesto por pobres diablos lastimosos y calamitosos, está sometido a los banqueros"
"Choulette".




"No desconoce usted, mi estimado maestro, la fuerza de la sugestión. Basta darle a un hombre un fusil con bayoneta calada para que la hunda en el vientre del primer transeúnte y, como dice usted, se transforme en un héroe".

"Los hombres, como primera obligación social, aprenden a matar metódicamente a sus prójimos, y en los pueblos civilizados, la gloria carnicera es la mayor de las glorias"

"El maniquí de mimbre"

Las muertes de Maurice Blanchot (VI)

Morir, como la mano que a poca distancia del papel se mantendría inmóvil sin escribir nada o que, incluso, se pondría a hacerlo sin trazar nada (quizá porque lo que escribe no se revelará hasta más tarde, de acuerdo con los burdos procedimientos de la tinta simpática)

Página 128.




Gracias por todas las palabras que no han sido dichas.


Saber consume fuerzas, pero no saber las agota.


La transgresión no transgrede la ley, se la lleva consigo.

Página 131.






Intento delimitar aún, con la ausencia del límite, cierto territorio.


Página 132






El conocimiento en todo momento de lo que es insoportable en el mundo (torturas, opresión, desgracias, hambre, los campos) no es soportable: flaquea, se derrumba y quien se expone a éste se derrumba con él. El conocimiento no es, entonces, el conocimiento general. Todo saber de lo que por doquier es insoportable extraviaría de inmediato el saber: vivimos, pues, entre el extravío y un semisopor. Saber eso basta ya para extraviar.


Página 145








Del libro "El paso (no) más allá", Blanchot Maurice, 1994, 1° ed 1973, Trad. Cristina Peretti

domingo, 17 de agosto de 2014

Notas breves sobre Cortázar (1)

Pensaba en “La continuidad de los parques” de Julio Cortázar. Recuerdo de manera muy particular lo que sentí la primera y borrosa vez que leí este cuento. Me dije para mi mismo: este escritor es un embustero. Pienso en esto que sentí y supongo que era porque yo esperaba leer un cuento, y que el cuento relatara una historia, y listo, pero su literalmente increíble final, vino como a decirme ché, acá estoy yo, el escritor, estoy dentro del cuento y te estoy diciendo algo



Desde ahí en más, siempre leo buscando al escritor que se esconde entrelíneas, trabajo que a veces hace fastidiosa la lectura y el sencillo placer de leer. En ese sentido, el cuento bien podría llamarse "La manzana podrida", por el contagio que aún ejerce con todas mis lecturas.



Así me hizo caer Julio Cortázar en la trampa, con un cuento muy breve, un relojito con pocos elementos, el giro sorpresivo y final. Y, en verdad, cada vez que vuelvo a leerlo, recostado en mi suave sillón verde, me preocupa la posibilidad de terminar asesinado.

 

viernes, 20 de junio de 2014

Notas sobre "El juguete rabioso" de Roberto Arlt

Si se puede hablar de algún canon literario argentino, de obras inevitables, escenciales, Roberto Arlt aparece sin dudarlo entre el cumulo no muy grande de esos autores posibles. Pero la idea del "canon" tiene sus problemas: no hay nada objetivo que lo constituya. Quizá se puedan medir los efectos históricos que una obra genere, la filiacion que provoque en otros escritores, en sus lectores, en la conciencia colectiva. Pero la sola idea de canon se diluye si se la relaciona con el tiempo. ¿En mil años, leeremos a Roberto Arlt? ¿Estará "El juguete rabioso" disponible en las bibliotecas de ese futuro inconcebible? ¿Estará Borges ahí? ¿El Quijote? ¿Homero? Como mínimo, al pensar la fuerza de un autor para hacerse caminos a lo largo de la historia, el tiempo debería ser una consideración que no puede quedar afuera. Quizá los clásicos tengan esa caracteristica esencial: sobrevivir al tiempo. Y claro, ser maravillosos.

"El juguete rabioso", primer novela de Roberto Arlt, quizá tenga alguna de estas características: a la hora de pensar "lo nacional", sus personajes nos parecen fundamentales para leer las oscuridades de la época, su conformación social, los conflictos que la cruzaron y aún lo hacen. Silvio Astier no es nadie, y lo sabe y lo sufre. Quizá Jean Paul Sartre haya hojeado esta novelita antes de escribir "El Ser y la Nada".

"Pero esta vida mediocre... Ser olvidado cuando muera, esto sí que es horrible. (...) Sin embargo, algún día moriré, y los trenes seguirán caminando, y la gente irá al teatro como siempre, y yo estaré muerto, bien muerto... muerto para toda la vida"


Rasgos de un existencialismo previo a su tiempo, una época quebrada en partes desiguales y sin rumbo, al acecho de otra guerra mundial que no tardaría en llegar. El pibe de barrio, el ratero existencialista, ladrón de libros, la poesía inseparable del hecho de estar vivo:

"Entonces yo soñaba con ser bandido y estrangular corregidores libidinosos; enderezaría entuertos, protegería a las viudas y me amarían singulares doncellas"


Supongamos que un autor canónico nos deje pistas con las cuales la literatura actual se sustenta: Silvio Astier da su primer golpe robando una biblioteca. Los libros caen en su bolsa, previamente seleccionados a gusto, en un gesto que anticipa de muchas maneras a la búsqueda de los personajes de "Los detectives salvajes" de Roberto Bolaño:

"Busco un poema que no encuentro, el poema de un cuerpo a quien la desesperación pobló súbitamente en su carne, de mil bocas grandiosas, de dos mil labios gritadores"


La novela tiene sus falencias, la forma quizá, no sea técnicamente perfecta: posee cuatro capítulos que quizá funcionarian perfectamente como cuentos separados. En el ultimo capítulo se ve al autor tratando de entretejer un poco la cosa, en alguna breve charla con un personaje perdido en el primer capítulo. Nada de esto desmerece una sola de sus páginas. Las descripciones de Buenos Aires, sus personajes, el crisol de razas en pleno hervor, las miserias humanas, exaltadas hasta el paroxismo, conforman algunas de las líneas que iran definiendo toda su obra.

"El juguete rabioso" irradia, en muchos aspectos, el nudo de su problemática al resto de los escritores argentinos. Quizá no pueda pensarse en David Viñas, los hermanos Tuñón, o a Juan Gelman, sin Arlt. Quizá tampoco a Borges, su opuesto en muchos sentidos.

"El juguete rabioso" es la preparación, la base en la que funda su novelística: "Los siete Locos" y "Los lanzallamas" hunden sus raíces en las oscuridades desgarradoras de la época, personificadas en Silvio Astier, quien quizá fue el primero que buscó, mucho antes que Ulises Lima y Arturo Belano, en los desiertos de su época, en las fronteras de lo real, a Cesárea Tinajero.

Supongamos una biblioteca en mil años: yo no sé si Roberto Arlt aparecerá entre los titulos que ahi se exhiban, pero su posible ausencia sería un hecho sin duda lamentable para los lectores del año 3014.

sábado, 14 de junio de 2014

Literatura Patagónica: Sur Realismo, de Mauro "Calaverita" Mateos.

La literatura patagónica tiene una característica extraña: deambula en los contornos, quiere safar del lazo con la cabeza de Goliat, pretende instituir un corpus diferente a los canónicos centralismos porteños. Se puede pensar que hay una vuelta a las batallas entre unitarios y federales, o que estas en verdad, no terminaron nunca, como se dice, con la traición de Urquiza en Caseros.

Los caudillos federales siguen vivos, de muchas maneras. El dualismo acuñado por Sarmiento y bellamente defenestrado como zoncera por Arturo Jauretche, no dejó nunca de ser un parámetro para medir los fervores políticos/poéticos argentinos. Sin ir mas lejos, las antagonías actuales se han generado a causa de un flaco que vino del sur profundo, desgarbado y discutidor, y la cosa reavivó el fuego. Es claro que me refiero a Néstor Kirchner, les guste o no.

Literatura y política, poética, realismo y surrealismo, este gaucho vuelve a su rancho lisérgico en cada texto. El histeriqueo que enlaza el contorno, el borde del mundo con sus centros. El Aleph de Borges, en cada gota de lluvia. La mitificación de algunos lugares perdidos, justamente para que no se pierdan: un columpio viejo en el barrio Estación que es La Muerte, una casita en la aldea Epulef donde existe la arquitectura del universo, o los mapas que forman las arrugas en las caras de algún viejo.

Combinemos con esta especie de rescate y versificación de las particularidades de la ciudad de Esquel, a la calentura sexual que sostiene el universo del libro (y también, al universo a secas) junto con esa esfumada realidad del que sueña o es soñado, ese que es uno y múltiple, nunca se sabe. 

Aprontes dolinescos, exaltación de la soledad como espacio vital, juegos girondeanos de palabras, cabroneadas futbolísticas de potrero lleno de piedras, se oponen y complementan a la pérdida de la infancia y a la antelación de la ancianidad que como en un juego de opuestos se cierran sobre sí mismos.

El fragmento, el texto corto, punzante, como vomitado al papel: Charles Bukowski se masturbaría feliz con alguno de estos textos, donde el marco general pareciera construido sobre una de las películas de Ed Wood.

A todo esto hay un coro de niños y astronautas con un vals, es decir: hay una lógica tanguera en Sur Realismo, donde Borges y Perón se reconcilian bailando borrachos y drogados, donde se silban tangos de Gardel y uno vuelve a la oposición unitarios/federales.
 
La literatura patagónica deambula en los contornos: Jorge Spíndola, el "Mochi" Leite, Laureano Huaiquilaf, saben bien esto, como también lo saben Sam Shepard o Jim Jarmush, por allá en sus contornos propios.

Pero una vez terminado el libro me aparece la idea de reconciliación: la literatura patagónica deambulando, sí, pero como un universo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ningun lado.



* Sur Realismo, Almacén de mambos generales, de Mauro Mateos, fue editado por Remitente Patagonia en 2013, y tiene prólogo de Jorge Oriola.

lunes, 5 de mayo de 2014

Interrupciones


Cada tanto reviso lo que podría llamar “mi mesa de trabajo”. Un amontonamiento de libros, el mate omniprescente, el cenicero lleno de puchos, la ventana para chusmear afuera cada vez que levanto la cabeza. Me sorprendo viendo la cantidad de libros que se apilan, marcados en la página donde los fui dejando para arrancar con otro. Algunos son releídos invariablemente, una y otra vez. Pero en general, ando con lecturas muy dispersas, irreconciliables. Aunque me gusta pensar que quizá no carezcan de cierta lógica secreta y feliz.


Racconto: Antología general, de Pablo Neruda, Aventuras de un novelista atonal, de Alberto Laiseca, Revelación de un mundo, de Clarice Lispector, La manga, de Raúl Escalabrini Ortiz, Ulises, de James Joyce, Historia crítica de las corrientes ideológicas argentinas, de Hugo Chumbita, El barón rampante, de Italo Calvino, Hoy, de Juan Gelman, Imperialismo y Cultura, de Juan José Hernandez Arregui y los Cuentos completos de Juan José Saer.


Hagan ustedes la relación posible, yo sólo hice el recuento.


Me he fijado de ciertas relaciones entre mis libros, cierto orden por alguna afinidad que quizá me sobrepasa, por ejemplo: los libros de Saer están siempre al lado de los de Faulkner que están al lado de los de Juan Carlos Onetti. Enrique Vila Matas con los de Mario Levrero. Los libros de Felisberto Hernandez con los de Cortázar.


Los más obvios: Juan Gelman y Paco Urondo, Borges y Bioy, Roberto Bolaño con Mario Bellatín, o Henry Miller con Martin Amis.


Pero que alguien que me explique qué hace Juan Filloy al lado de Bocaccio, o Marcel Proust al lado de Jean Paul Sartre. ¿“Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy” acodado sobre “Lolita”? ¿Haroldo Conti al lado de Artaud?


Como no podía ser de otra manera, El Quijote está cerca de la biblia, y el voluminoso y casi ilegible “El hombre sin atributos” sosteniendo los diarios de Witold Gombrowicz.


A simple vista, y volviendo a la ampulosamente llamada “mesa de trabajo” se parece al caos completo, pero no dejo de sentir que detrás de estas juntadas hay una lógica irrefutable y definitiva.

lunes, 20 de enero de 2014

dejensé de joder (a la memoria de Juan Gelman)




qué me vienen con su zapping de noticias
con su cara lavada de antemano
con su día como cualquier otro


qué me vienen con esta indiferencia tosca
con su cotidiano martes
con su amanecer caluroso


muere juan
y aparece una llaga en el costado
y sobra la pena


muere juan
y uno que ni le pudo dar
el abrazo
el agradecimiento
y uno que ni le pudo apretar esa mano
que paseó por otras manos
la de Rodolfo
la de Haroldo
la de Paco


hoy muere juan
y no hay hombro
donde acodarse
a llorar



andá a convencer a esta lágrima nueva
para que deje de empujar


qué me vienen con sus bueyes perdidos
con su atroz ferocidad
con sus caras de obituarios falsos


qué me vienen con esta noche triste
con esta pena de enero
con este silencio de pájaros


muere juan
y no hay con qué darle
el dolor es esa mano que no está
el dolor es el paseo por la memoria
donde juan puso sus huesos
y ahí los dejó como huellas
que ahora queman
hasta la sombra


no me vengan con la hipocresía
el festival de los  muertos


yo me voy con esta música a otra parte
a otra arte


me voy a llorar por allá
donde nadie
donde nunca


no me vengan con que murió juan
dejensé de joder
si él siempre fue inmortal.

domingo, 10 de noviembre de 2013

De la verdadera transparencia de los vidrios (IV)



Ayer descubrí que un día me vas a dejar. No mañana, ni pasado: un día. Hoy me la pasé mirando como el espiral para los mosquitos se consumía a sí mismo, segundo a segundo, hasta que la brasa llegó al medio para, sencillamente, desaparecer. Después vi como las agujas del reloj marcaban el paso del tiempo. Parecían querer detenerse, cada vez más lentas. Podría jurar, si de algo sirviera, que por un momento se detuvieron. Lo hicieron, sí: puedo jurarlo. El tiempo fue, en esos momentos, otra cosa, algo más bien viscoso, algo que destruía cualquier otro parámetro. Se consumía a sí mismo, como el espiral. De pronto era una pausa y las cosas eran incapaces de movimiento. Ese segundo infernalmente largo, sin embargo, pasó: retomaron su vida los objetos, las volutas de mi cigarrillo ascendieron nuevamente una tras otra, el aleteo del pájaro que se veía por la ventana volvió a borronear sus alas, el reloj recuperó su ritmo de metrónomo.

El tiempo regresó a su vieja costumbre de arrasarlo todo, y yo sentí, vagamente, que ya no lo haría conmigo. Es raro de escribir, pero no encuentro mejor salida. Muchos ya lo escribieron, yo no haré más que apretujar palabras en esta hoja, o sea: me sumaré a la inaudita montaña de toneladas de papel escrito para nada, para nadie, siquiera para mi mismo: ¿qué placer puede darme escribir sobre la certeza de que un día te vas a ir?

Será, pienso, que al escribirlo desempolvo un poco la soledad, allá, donde la había dejado olvidada. No lo sé; yo sólo sé esto: que un día te vas a ir, y que el tiempo no quería pasar hoy.

Pero vuelvo a esa extraña sensación de no estar en el tiempo, es decir, de no ser en él, quizás de ser él. O no, no. Quién sabe. Creo que el tiempo va a seguir con su tejemaneje, y que otro día de esos susurrará  sutilmente a mis oídos, y la cosa volverá a suceder: el lento congelamiento del humo de mi cigarrillo hasta aquietarse, el ralentando del tic-tac del reloj hasta parar, el pájaro, dejándome ver la forma exacta de sus alas en vuelo, clavado en el aire como esas raras mariposas de coleccionistas.

Y yo estaré ahí, con el horrible privilegio del que observa, impotente, una catástrofe. Los segundos se alargarán hasta mucho después que te hayas ido, y luego, quizá sí, el tiempo me retome, me asuma nuevamente  a su velocidad de pájaros y agujas de reloj, me condene a su repetida necedad numérica de días, semanas, primaveras e inviernos.

Lo hará, sin duda, ya que lo suyo consiste en llevarme eficazmente hacia la muerte. Al menos lo que sé, como si sirviera de algo, como si rematara este texto, es que me empujará hacia ella sólo, es decir, sin vos, pero sin duda con tu nombre, amor, recostado bajo mis párpados. 

sábado, 2 de noviembre de 2013

De la verdadera transparencia de los vidrios (III)



El problema es el Tiempo, claro. Cada palabra sale como en un vómito de alcoholes varios, ceniza de cigarrillos y el desorden general de las noches tiradas al piso en las que suelo caer cada tres por dos. Los climas nunca fueron mi especialidad ni mi interés, pero vale decir que afuera llueve y, adentro, también.
Pero el problema, sí, es el Tiempo. Y no hay otra manera de escribirlo que no sea con mayúscula.
No hay tormenta que valga la pena, salvo las del recuerdo. Sentir la que se aproxima, la inminencia, como una premonición. Es sabido que las tormentas gustan a los animales y a los niños: jugar en patas, en cuero, por los charcos de la vereda. Embarrarse.
Pero todo eso ya no existe, y yo tampoco. Sólo soy la conjetura posible de un remoto descendiente: alguien que frenará en seco un día, impávido, pensando en que su sangre viene recorriendo los siglos increíblemente para llegar a él. Sentirá en sus venas el vertiginoso río de gente que, por lo bajo, en las sombras de la historia, lo transita. La galería de rostros desfigurándose hacia atrás hasta disolverse en rastros familiares cada vez más invisibles. La misma galería vaciada, hacia adelante, el futuro. Sentirá que no es dueño siquiera de su propia sangre y eso lo hará sentir feliz.
Soy una de las sombras de ese río que se pierde en el pasado, por suerte, pienso, entre el desorden general del estar vivo, ya, ahora.

sábado, 12 de octubre de 2013

Breve nota mental sobre los "clásicos" y J.D. Salinger




El sábado pasado murió J.D. Salinger. Recorro los diarios por internet, me agota la profusión de notas sobre el escritor. Leo alguna, en Página/12, de Rodrigo Fresán y otros. Me canso rápido. Pensaba que lo mismo me había pasado cuando leí “The cátcher in the Rye”. Me aburría de a ratos. Hoy pensaba que un libro se debería llamar "clásico" cuando el lector pueda leerlo prescindiendo del momento histórico en que fue escrito. Yo leí Salinger teniendo que forzar a mi cabeza en los años cincuenta, donde escribir una malapalabra era una revolución. Por esto, no veo en Salinger lo que muchos ven: un "clásico" elevado a la novena potencia.  Más interesante es el tema de la traducción y de las diferentes interpretaciones que se le dieron al título de ésta novela, según su traducción al castellano (ver sobre esto en http://literatrofia.blogspot.com.ar/2009/04/j-d-salinger-el-cazador-oculto-o-mas.html)

Sigo creyendo que un clásico se lee prescindiendo de su época, que sus anacronismos pasan desapercibidos, o no hacen ruidos en el lector. Para leer “La Ilíada” o la "Odisea" no hace falta pensar el mundo como Homero. Se lee, se deja leer. El Quijote posee esta misma característica, salvo el agravante del idioma. Su español casi medieval te recuerda todo el tiempo que la novela tiene cuatrocientos años. Pero una vez superada esta barrera, cuando uno entra en el juego de seguir a un hermoso demente por los campos áridos de España, la novela se vuelve , sí, un "clásico", se deja leer, lo obliga a uno a leerla. Lo mismo se puede decir de Shakespeare. Quizá Borges se convierta en un clásico. Pero no creo que Salinger. Uno ve que el tiempo ha pasado, que un adolescente actual vería a Holden Caulfield como un ñoño.
De más está decir que la novela, en todo caso, me gustó, y me hizo acordar a "La senda del perdedor" (y su sugerente título en inglés: "Ham on Rye" ) , de Charles Bukowski.
Me gustaron mucho más los “Nueve Cuentos”.
01/02/2010

lunes, 30 de septiembre de 2013

Paisajes (III)

Son las cuatro de la nada en esta noche lúcida y también las doce de la pena mientras mariposas se convierten en gusanos y suenan las nueve del mediodía en el perfil de un óleo ya sin marcos ni cercos ni relojes que den las seis cincuenta y cuatro en punto.
 
 
 
Esa mujer es una delicia, dije, mientras la imaginaba dormida dentro de mi boca o nadando plácida entre las costas jugosas de mi paladar, o mirando pensativa un horizonte formado por mis propias muelas, es una delicia, pensaba, mientras ella me decía definitivamente que no.

 
Ando por la curvatura de tu lenguaje, de tus signos rebeldes que cierran sus puertas y anidan este nudo en mis pupilas ciegas. Sos la luna perdiendo peso, sos el breve resto de una lengua muerta.
 
 
 
Te confundo con el amor, mujer, que iluminas todo camino posible con la sombra de tu sonrisa: sos la primavera o la noche estrellada o tu piel suave o lo más parecido al dios de los creyentes.

lunes, 29 de julio de 2013

Diario para un libro, de Alberto Girri (selección)


 

            Escribir. Examinar, mínimamente, aspectos de la propia vida. A qué conduce ese paciente recoger minucias; un solo instante de iluminación debiera bastarnos. Darnos cuenta que recorremos lo probado ya por incontables generaciones. Darnos cuenta. Pero entenderlos racionalmente no sirve demasiado. El que no está dispuesto a admitir que toma el riesgo de dejar alguna vez de escribir para siempre que no continúe haciéndolo.

 

            El creador legítimo tiende a ponerse a un costado de lo creado.

 

            El que quiere crear, crea; el que se resiste a crear cede su puesto, colabora para que el otro lo haga; el que se abstiene de crear lo que ambiciona, logra que los demás, aliviados, lo juzguen generoso.

 

            La voluntad de crear opera como un movimiento. Por ese movimiento, el que crea penetra en un lugar de sí mismo donde ya no pedirá ni rehusará nada.

 

            Creador o esencia, creado o forma. Cuando ambos se equilibran, habrá nacido una imagen, modelo que por igual nos ayudará a soportar una pena insoluble o un prolongado bienestar.

 

            Creador. La etapa en la que el creador de literatura empieza a colmarse de sí mismo, de opiniones, prejuicios, obstinación, egoísmo. Percibe que el caudal mayor de trabajo consagrado a un poema, cuento o novela, tenía por objeto disimular que lo creado pareciera un poema, un cuento, etcétera.

 

            La relación (mirada) que los otros tienen con uno como reflejo de la relación (mirada) que uno tiene consigo mismo.

 

            El estilo ama ocultarse. La estilización, mostrarse.

 

            Camino de precisión: la antítesis.

 

            Ninguna contradicción entre objeto real e imagen. Todo es nombres, lenguaje.

 

            Perdido en el medio de las palabras. Intentando suprimirlas en vez de acallarlas.

 

            Probable mérito: Tomar el toro por las astas. El paradojal anticonvencionalismo de no purgar a los poemas de literatura. La encomiable candidez de hacer literatura con literatura.
 
En "Alberto Girri, Poemas selectos", "Diario para un libro" 1972. Edit. Corregidor - 2010

domingo, 28 de julio de 2013

De la verdadera transparencia de los vidrios (II)

 
            Ahora no tengo nada que escribir y estoy harto de escribir sobre no tener nada que  escribir. Por eso ahora escribo sobre lo cansado que estoy de escribir que no tengo nada que escribir. Creo que también escribí esto alguna vez.
 
 
 
             Un hombre que camina mirando al sur de pronto tropieza contra el límite del mundo y éste le horroriza y su vista se vuelve un vapor con el que te extraño.    
 
 
 
            Una historia paralela a la de Juan Salvo, una leve historia de otros sobrevivientes donde, de manera casual el Eternauta pase fugazmente, como de perfil, haciendo solo un comentario sin importancia.
 
 
            Usted se parece a mí por donde se lo mire, le dijo, aterrado y en voz baja, al espejo.



            Era de tarde y seguíamos atados jugando a que nos escondíamos y siempre juntos y cuando el día se iba apagando era vernos de cerca y tocarnos descubriendo un mundo imposible y prohibido y la fragancia del calor emanaba como el aire contra las flores.

 
           Oído imposiblemente por ahí: escabroso como cuento de Felisberto Hernández.



       otoño de 2008
 
 


 

miércoles, 22 de mayo de 2013

Notas sobre Moby Dick.





Viendo “Moby Dick”, en canal TCM. Filmada en 1956, dirigida por John Huston, con guión de Ray Bradbury. Gregory Peck es Ahab, Richard Basehart, Ismael. Parece que trabaja Orson Wells.
La película empieza con la misma frase del libro: Pueden ustedes llamarme Ismael. Como si la historia de la caza de la ballena quedara en segundo plano en relación a la escritura del texto. Como me pasó con Bolaño, en Melville se nota una profunda pasión por escribir. Todo se desborda hacia lo escrito, uno se da cuenta, con cierta envidia, que el escritor se vaporizaba de placer en el acto en que escribía. Escritura orgásmica.
Ahora llega a la habitación de Ismael, poniendo unas cabezas encogidas sobre el hogar de la leña y amenazándolo con un hacha, Queequeg. El actor se parece al personaje que uno tiene en la memoria: calvo, con una cola de caballos que le sale desde el centro del cráneo, los tatuajes profusos, múltiples, en los brazos, la cara, la espalda. Cierta cosa homosexual con Ismael. New Bedford. Me pregunto si será un lugar real. Referencias obligadas a Jonás. ¿Será Wells el predicador que recuerda esa historia bíblica desde un púlpito que es en realidad la proa de un barco? Parece que sí. Queequeg y la teoría del buen salvaje puesta en escena. Pipa de la paz y a la mar. Aparece el capitán Peleg y Bildad. El barco se llama Pequod: pecado. Referencia al nombre Ahab: ¿un rey malvado que los perros, una vez muerto, lamieron su sangre? ¿Ahab era un apodo? Ismael consigue una paga de 300ava partes del botín total. No parece un gran negocio. El loco que anticipa la historia: Elías. Referencia bíblica. Canciones de marineros que zarpan. Debían ser comunes estos cantos. Como en “El holandés errante”, de Wagner. Un mascarón de proa que se parece a Queequeg.  En el libro, las primeras páginas, quizá el mejor comienzo jamás escrito. La referencia a Catón pasa de largo, así como cierto tono absolutamente cínico de escaparse hacia el mar. Ahab no sale. Otra descripción genial en el libro. A la altura del escudo de Aquiles. En la película, tutti de orquesta. Pierna postiza hecha de hueso de cachalote. Música alocada, exaltación general a base de tragos de ron. Moby Dick como un mito de marineros borrachos y malolientes. La rareza de lo blanco como algo maligno.
En la película, algunos efectos especiales bastante pobres. Esta bien que la película tiene más de cincuenta años. Es una suerte que sea a color. El mar rojo de sangre. En el libro, descripciones detalladas de las partes de los cetáceos, de los productos que se obtienen, de las diferentes formas de cazarlas y desollarlas. Starbuck, Stubb, Pip, Flask. Leviatán, Timor Tom, Jack, Morquan. Mapas, cartografías, un compás, arpones afilados, sogas. La libertad del vigía, arriba del mástil, con el horizonte ilimitado. Escenas que se repiten. Hombre al agua: mal agüero. El futuro en los huesos, según Queequeg. Su propio ataúd anticipado. Cetología. Motín. La espera.
En el libro, el tipo que se cae dentro de la cabeza de la ballena, al querer sacar el ámbar. Encuentros con otros barcos. La pelea de Ahab con Dios, así, con mayúsculas. El dios del antiguo testamento: rayos y truenos, tormentas bíblicas. Arpones templados en sangre con alto porcentaje de ron. Tormenta sobre el mar. ¿El fuego de San Telmo? ¿Qué era eso? Recapitulación de Ahab, su vida, su venganza, sus secretos. ¿Ahab es Ahab? El guión de Ray Bradbury por momentos es literal. Saca frases completas. “La sinfonía” o cómo se debe rematar perfectamente un relato. Encuentro con la ballena, final con muerte y un cajón que flota con Ismael encima. Un gran dios blanco, dice Pip. La predicción de Elías se cumple.

2010

miércoles, 1 de mayo de 2013

De la verdadera transparencia de los vidrios (I)


En general esto debería tratar de ser algunos escritos sobre la nada, por ejemplo, del café amontonado en un costado del colador, esa lámina opaca de polvo constante sobre el piso de la casa, o los chiqueros de un cenicero vaciado en un plato de fideos.
 
Los vidrios de la casa se ensucian solos, sin pedir permiso. No hay caso, los lavo, los seco, y ahí están de nuevo las manchas. Esto me hace dudar de la verdadera transparencia de los vidrios.
 
Una nena en una calesita, silenciosa, bajo un sol neutro de las once de la mañana, miraba las hojas secas arremolinadas en el piso. Su nariz sangraba.



La chica de la estación de servicio tiene cara de que un novio inaudito e inhóspito le ha clavado un puñal envenenado con resentimiento del más puro.

 
Pasa una nube con forma de qué. Lo único que sé es que eso no se repetirá, nunca. Y el viento mueve arrítmicamente los palos secos que cuelgan de los árboles. Sé también que esos movimientos son únicos, y siempre distintos. Parece que Heráclito tiene razón en todo, pero me pregunto si eso lo hacía feliz.




Otoño de 2008