lunes, 9 de febrero de 2009

Juan José Saer: formas de atrapar el río





“El movimiento continuo descompuesto.”J.J.SAER
“La grande” pág.193

Se puede decir que toda la literatura saeriana esta marcada por dos temáticas fundantes: en primer lugar el río, símbolo mítico por el hecho de ser y a la vez no ser nunca el mismo, señal inequívoca del devenir que abarca el Todo y que hace que lo real sea el movimiento continuo, lo inasible; y en segundo lugar, casi en otro plano, la cuestión formal de las novelas del autor, en las que se pretende, (tal como en la definición que da el autor de lo que es una novela y que he usado de epígrafe), descomponer el devenir, tratando de fijarlo mediante el artilugio formal, y aún sabiendo que es ilusorio.
Estas formas que pretenden, dejando a la vez entrever lo imposible de esta pretensión, fijar lo que pasa, es decir, el Todo, provienen quizá de la necesidad, ante el caos de lo real, de ordenar cierto deseo de escritura. Los ejemplos son variados en sus novelas: en Glosa el autor divide la novela en tres partes, las cuales abarcan simétricamente siete cuadras cada una, por donde transcurre el recorrido de los dos personajes principales (Ángel Leto y el Matemático, dupla que, junto con la forma tripartita, es un guiño a la Divina Comedia), que, infructuosamente tratarán de reconstruir un recuerdo de otros: la fiesta de cumpleaños de Washington Noriega, a la que no asistieron. En la novela El limonero real, la historia de Wenceslao se cuenta desde nueve relatos, marcados con el mismo comienzo (“Amanece y ya está con los ojos abiertos.”) que recapitulan una misma y sola historia, su proceso de gestación y evolución narrativa, y aún la imposibilidad de contarla. También en Cicatrices donde, de una manera casi cinematográfica, los cuatro capítulos que la constituyen cuentan, desde puntos de vista disímiles, un asesinato y el suicidio del asesino.
Es imposible no verificar la importancia que Saer encontraba en lo formal para disponer de una distribución precisa de la narración. En su última novela, La grande, que quedó inconclusa al morir el autor, los capítulos transcurren uno cada día, terminando la novela en el séptimo, aunque inconcluso, cerrando así con todos los días de la semana. Se puede, fácilmente, hacer una lectura comparativa con la invención del mundo propuesta en el Génesis, con la misma duración, pero intrínseca e ideológicamente opuesta. Quizá a este arduo trabajo de construcción de esta novela-universo esté dado ya en el nombre mismo de la novela.
Cabe agregar que las dos temáticas propuestas como base de la novelística saeriana no la agotan en absoluto, ya que se podrían enumerar, desde una óptica más precisa, el resto de los temas que le son propios y también propicios para desenvolverse en el texto: la consecución de los personajes, y de un escenario estricto, que constituyen una saga al modo de el condado de Yonakpatawa de Faulkner o de la Santa María de Juan Carlos Onetti, sin olvidar el Dublín de Bloom – Joyce, e incluso el Combray de Marcel Proust. La ciudad de Santa Fe (a la que jamás nombra como tal, como si fuese superfluo el nombre, dadas las múltiples indicaciones que la designan) y sus alrededores, son usados como escenario constante y central. Sin duda Saer eleva a la ciudad a un lugar que nunca tuvo, y que nunca, probablemente, otro escritor de la zona intuyó. No está demás enumerar otros temas usuales en sus novelas y también e sus relatos: los pormenores y las marcas que ha dejado la última dictadura militar argentina, como el exilio y los desaparecidos; la literatura y la historia argentina, el campo, pero de un modo también mítico, ese campo que fue desierto, que fue infinito.
Todo esto adaptado a un tono coloquial, árido y siempre marcado por el escepticismo de sus personajes, característica tonal de la prosa saeriana, donde la parquedad, el detalle aparentemente nimio y el universo entero convergen poéticamente, para tratar de captar, con la certeza de lo imposible del trabajo, al río, en el momento en que es y está dejando de ser, ese momento presente infinitesimal que por hastío y comodidad solemos llamar la realidad.

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