miércoles, 17 de septiembre de 2014

Los clásicos y algunas ideas sobre James Joyce.

Uno en general nunca sabe bien, desde qué lugar de referencia va conociendo a algunos autores ni por qué se le ocurre que tiene que leerlos, pero así me fue pasando, entre otros, con Joyce. Antes de leer cualquier canon, antes de tener alguna idea sobre lo que puede ser el "legado de la literatura universal", uno se encuentra con estos escritores, se cruza con estos libros fundamentales, y no puede escaparse de ellos. Quizá debería decir "no debe", pero el deber pasa por otro lado a la hora de la lectura literaria. Sobre todo si la finalidad del lector es a la vez, la de convertirse en escritor.

¿Como decirlo sin que suene demasiado mal? Borges me ayuda un poco con esto: "Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que lee". Por ahí vamos y avanzamos: hoy no podemos componer la novena sinfonía de Beethoven, muchachos, y menos aún si no se detuvieron a escucharla. En todo caso, es claro que se puede componer esa sinfonía, vender muchos discos, y a otra cosa. Pero el desanudarse concienzudamente de la Historia no lleva mas que a ser pasto del olvido en muy breves plazos, no lleva más que a generar más mercancías en un mundo que necesita más obras de arte.

A qué me refiero con esto, sino a la pregunta, que hice en algún otro texto, de pensar en el año tres mil, preguntando si Salinger, o mejor, Roberto Arlt va a tener sus "Siete Locos" en la vidriera holográfica de una librería del futuro. O de manera inversa, quizá es mejor pensar en el por qué, "La Ilíada" o cualquier obra de Shakespeare sin duda va a estar en esa biblioteca robotizada.

En el barrio terminaron diciendo: "áspero como párrafo de James Joyce". Es claro que esto jamás sucedió ni sucederá, y que cambiando el nombre del autor por otros, igual funcionaría muy bien; pero hubiera sido una buena frase para ir definiendo las dificultades que se nos presentan a la hora de tomar alguno de sus libros con ganas de terminarlo, al menos en el caso de "Ulises" y en el saber, en la previa de la lectura, que es uno de estos libros con los que no deberíamos claudicar.

Y me bastó llegar a menos de la mitad de un libro de un autor argentino, muy famoso, con aires de vanguardia, con película en base a esa novela, que se me cayó de las manos, entre bostezos, al sentir que el muchacho no había tenido tiempo de leer a Joyce (ni al Quijote, ni al Dante) antes de sentarse a contar su historia. Eso no le impidió dar cátedras en varias universidades y programas de televisión, etcétera y la verdad es que hoy no se habla siquiera de su existencia. Me bastó esa lectura interrumpida para entender que seguir leyendo era perder el tiempo: el libro no valía, literariamente, nada.

De todas maneras esto no quiere decir que estamos obligados a leer a los clásicos, pero no me cabe duda que largarse a escribir sin haberlos leído es como ver a un ciego piloteando un bombardero nuclear.

El arte, la literatura, lo que queda de ella a lo largo de la historia, no es intuición pura, no existe fuera de la historia, ni fuera de su propia historia, tampoco fuera de el resto de los textos que nos enredan, y se tocan entre sí, constituyen parte del entramado de la cultura, son la base de todas las culturas, de las formas en las que nos movemos por el mundo y con los otros.

La idea es, más o menos, que no deberíamos permanecer ciegos ante los clásicos, sino, al contrario, dejar que estos nos abran los ojos. 

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